Llevado de notoria injusticia, atribuye el Dean Bendicho a la perfidia de Abd-el-Azis la violación de garantías impuestas por el tratado, de que hicimos mérito. Verdaderamente la promesa fue quebrantada por parte de los moros, que adoptaron un sistema cruel de persecuciones incendiarias contra los cristianos. Fácil es de comprender que nuestra villa de Alicante fue arrastrada por el torbellino desbastador de la barbarie, y víctima de un implacable destino: todo fue entregado al fuego y al pillaje, templos, mieses, casas y propiedades despojados los particulares de sus ganados y predios, y perseguidos finalmente con crueldad inaudita.
Pero coloquemos la cuestión en su verdadero terreno señalando las verdaderas causas que produjeron esta calamidad. Divulgada la muerte del rey D. Rodrigo é identificada por el manto ensangrentado que fue hallado entre otros despojos regios después de la funesta jornada de Jerez y a orillas del Guadalete, su viuda la hermosa Egilona se aficiono durante su cautiverio al bizarro Abd-el-Azis, que la guardo todas atenciones de su jerarquía, de su secso y de su desgracia.
Dicen que se dejaba instruir por ella, y como se cobrasen con el trato otro género de atenciones mucho más vehemente, la joven princesa le manifestó terminantemente que jamás admitiría su mano de esposa, à menos que se salvase el obstáculo que dividía sus respectivas creencias. El moro volvió à instar mil veces, y otras tantas volvió también rechazado por la virtud de aquella hermosura. El resultado de estas suplicas y negativas no se esplica claramente en la historia; únicamente se dice y afirma (1) que hallándose en Sevilla, le aclamaron rey de aquella ciudad por industria de la reina Egilona, á quien dió la mano y titulo de esposa, y donde, cundiendo la especie de que se había hecho cristiano, como aquella lo era, le degollaron en un motín los árabes, al mismo tiempo que Muza su padre, perseguido por el Califa Ulid de África, creyendo este que había tenido parte en la defunción del hijo ó acaso mal aconsejado por su émulo Tarif, moría en el destierro, abrumado de penalidades.
Toda esta serie de sucesos vino à invertir el curso de los acontecimientos, é influyó notablemente en los destinos de Alicante que cayó de mayor altura al abismo de un envilecimiento servil. Fué entonces cuando se dice que desbaratada en tres batallas campales sucesivas, se acogió Teodomiro al partido vencedor, uniéndose al consejo de los traidores. D. Julian y el arzobispo D. Oppas, y quedando por consiguiente disuelto el pretendido reino de las siete ciudades.
Desde aquel día la situación de los cristianos fué empeorándose notablemente en Alicante; las guerras intestinas asolaban sus intereses, siguiéndose de aquí la proscripción, la esclavitud y el martirio, esas tres plagas funestas, agravadas de día en día por las discordias civiles, que servían de pretesto para envilecer más y más su condición misera y angustiosa; lances en un principio aislados y que tomaban luego sangrientas proporciones, se repetían cada instante; una quimera, una rencilla trivial conducida con artificiosa cautela, producía luego consecuencias lamentables, cuyo desenlace venia á ser fatal á los cristianos. Era caso desesperado y que indudablemente atrajera el esterminio total de aquella familia desgraciada. La población nueva de Alicante trazó sus primeros fundamentos al estremo del E. de la actual, donde se halla hoy la antigua puerta de Ferriza, que con el muro aledaño que la defiende, mutilado hoy y casi destruido, cerraba el plano de la villa (2) con una cadena de fortificaciones que entronaba con el cas tillo, y además con una mina ó camino subterráneo, abierto en la peña desde el mismo castillo hasta el mar, como aún hoy puede verse.
Todas estas obras, dignas tan solo de la constancia y del emprendedor genio romano, fueron hechas por los cristianos cautivos, cuyo número aumentaba diariamente por medio de las incursiones piráticas que verificaba una flotilla de bajeles empleada únicamente en este tráfico. El trasporte de materiales para la obra y todos los demás trabajos de ella causaron infinitas víctimas, y de aquí resultó también una enfermedad pestilente que se estendió luego por toda la comarca, causada al parecer por la aglomeración de gente y el poco aseo, unido todo à la más espantosa miseria.
Acaeció por este tiempo, es decir, à fines del siglo VIII, que el Sabeb de Murcia y Almería Zohair-el-Sekleby vino à Alicante con objeto de inspeccionar las obras y aprobar el plan de fortificación. El aparato para recibirle fue sumamente esplendido y digno de la galantería oriental que siglos después desplegara sus portentosas galas, oponiendo à la rudeza de la edad media esa poética armonía, esas dulces creaciones, que solo pudieran existir en una privilegiada fantasía y que el genio del hombre todavía va à copiar en los palacios árabes, sin comprender siquiera el modelo.
La pequeña escuadrilla surta en el puerto, aparecía empavesada, ondeando un juego de flámulas de abigarrades matices sobre el arbolado; multitud de tiendas portátiles, distribuidas por el litoral, formaban un golpe de vista sorprendente a la claridad de mil luminarias que brillaban á través de una noche tenebrosa. Las olas de rizados pliegues, impelidas por el viento casi imperceptible, adelantábanse y se retiraban, bordando de leve espuma la tosca empalizada que guarnecía la playa, vestida de lienzos trasparentes y diáfanos por la refracción de las luces: la calle principal estaba alfombrada recorrían el ámbito graciosas comparsas de bailarines y músicos, danzando aquellos al son de acordes chirimías.
Arcos de laurel y yedra se elevaban á trechos irregulares, alternados de toscos templetes y alegorías místicas, como vemos hoy en la Alhambra, y varias barcarolas flotantes discurrían bordeando la playa, empavesadas caprichosamente y tripuladas por jóvenes comparsas vestidas de ninfas, como una de esas encantadoras escenas de carnaval en el gran canal de Venecia. Hubo luchas parciales, saltos de agua y carreras en competencia; pero en medio de aquel cuadro de alegría faltaba esa raza postergada é infeliz de los cristianos, relegados à unas cuevas infectas hacia la falda de la montaña, á los que no se permitía discurrir por la villa durante la noche.
El emir tuvo lugar de observar estas circunstancias, vio aquellas criaturas escuálidas, agobiadas por el trabajo y rebajadas del rango social, pereciendo en aquellos mefilicos subterráneos y arrastrando los hierros de la esclavitud.... y compadecido de tanta desgracia, dictó medidas humanitarias en su favor, prohibió el tormento del hierro con que se les sellaba, y les concedió el privilegio de la libertad, apenas se terminara la obra, en ya época podían disfrutar el beneficio de edificar un barrio à la parte estramuros de Levante, con una ermita para celebrar libremente su culto público.
No consta la fecha de estos privilegios, pero es positivo que al punto fué edificado el barrio, donde se constituyeron los cristianos, y la iglesia dedicada á Santa María Virgen. Llamóse aquel la Villa, y corresponde al arzabal que hoy llamamos la Villavieja, dividido del casco de la ciudad propiamente dicha por el antiguo portal de Ferriza ya mencionado.
Pero coloquemos la cuestión en su verdadero terreno señalando las verdaderas causas que produjeron esta calamidad. Divulgada la muerte del rey D. Rodrigo é identificada por el manto ensangrentado que fue hallado entre otros despojos regios después de la funesta jornada de Jerez y a orillas del Guadalete, su viuda la hermosa Egilona se aficiono durante su cautiverio al bizarro Abd-el-Azis, que la guardo todas atenciones de su jerarquía, de su secso y de su desgracia.
Dicen que se dejaba instruir por ella, y como se cobrasen con el trato otro género de atenciones mucho más vehemente, la joven princesa le manifestó terminantemente que jamás admitiría su mano de esposa, à menos que se salvase el obstáculo que dividía sus respectivas creencias. El moro volvió à instar mil veces, y otras tantas volvió también rechazado por la virtud de aquella hermosura. El resultado de estas suplicas y negativas no se esplica claramente en la historia; únicamente se dice y afirma (1) que hallándose en Sevilla, le aclamaron rey de aquella ciudad por industria de la reina Egilona, á quien dió la mano y titulo de esposa, y donde, cundiendo la especie de que se había hecho cristiano, como aquella lo era, le degollaron en un motín los árabes, al mismo tiempo que Muza su padre, perseguido por el Califa Ulid de África, creyendo este que había tenido parte en la defunción del hijo ó acaso mal aconsejado por su émulo Tarif, moría en el destierro, abrumado de penalidades.
Toda esta serie de sucesos vino à invertir el curso de los acontecimientos, é influyó notablemente en los destinos de Alicante que cayó de mayor altura al abismo de un envilecimiento servil. Fué entonces cuando se dice que desbaratada en tres batallas campales sucesivas, se acogió Teodomiro al partido vencedor, uniéndose al consejo de los traidores. D. Julian y el arzobispo D. Oppas, y quedando por consiguiente disuelto el pretendido reino de las siete ciudades.
Desde aquel día la situación de los cristianos fué empeorándose notablemente en Alicante; las guerras intestinas asolaban sus intereses, siguiéndose de aquí la proscripción, la esclavitud y el martirio, esas tres plagas funestas, agravadas de día en día por las discordias civiles, que servían de pretesto para envilecer más y más su condición misera y angustiosa; lances en un principio aislados y que tomaban luego sangrientas proporciones, se repetían cada instante; una quimera, una rencilla trivial conducida con artificiosa cautela, producía luego consecuencias lamentables, cuyo desenlace venia á ser fatal á los cristianos. Era caso desesperado y que indudablemente atrajera el esterminio total de aquella familia desgraciada. La población nueva de Alicante trazó sus primeros fundamentos al estremo del E. de la actual, donde se halla hoy la antigua puerta de Ferriza, que con el muro aledaño que la defiende, mutilado hoy y casi destruido, cerraba el plano de la villa (2) con una cadena de fortificaciones que entronaba con el cas tillo, y además con una mina ó camino subterráneo, abierto en la peña desde el mismo castillo hasta el mar, como aún hoy puede verse.
Todas estas obras, dignas tan solo de la constancia y del emprendedor genio romano, fueron hechas por los cristianos cautivos, cuyo número aumentaba diariamente por medio de las incursiones piráticas que verificaba una flotilla de bajeles empleada únicamente en este tráfico. El trasporte de materiales para la obra y todos los demás trabajos de ella causaron infinitas víctimas, y de aquí resultó también una enfermedad pestilente que se estendió luego por toda la comarca, causada al parecer por la aglomeración de gente y el poco aseo, unido todo à la más espantosa miseria.
Acaeció por este tiempo, es decir, à fines del siglo VIII, que el Sabeb de Murcia y Almería Zohair-el-Sekleby vino à Alicante con objeto de inspeccionar las obras y aprobar el plan de fortificación. El aparato para recibirle fue sumamente esplendido y digno de la galantería oriental que siglos después desplegara sus portentosas galas, oponiendo à la rudeza de la edad media esa poética armonía, esas dulces creaciones, que solo pudieran existir en una privilegiada fantasía y que el genio del hombre todavía va à copiar en los palacios árabes, sin comprender siquiera el modelo.
La pequeña escuadrilla surta en el puerto, aparecía empavesada, ondeando un juego de flámulas de abigarrades matices sobre el arbolado; multitud de tiendas portátiles, distribuidas por el litoral, formaban un golpe de vista sorprendente a la claridad de mil luminarias que brillaban á través de una noche tenebrosa. Las olas de rizados pliegues, impelidas por el viento casi imperceptible, adelantábanse y se retiraban, bordando de leve espuma la tosca empalizada que guarnecía la playa, vestida de lienzos trasparentes y diáfanos por la refracción de las luces: la calle principal estaba alfombrada recorrían el ámbito graciosas comparsas de bailarines y músicos, danzando aquellos al son de acordes chirimías.
Arcos de laurel y yedra se elevaban á trechos irregulares, alternados de toscos templetes y alegorías místicas, como vemos hoy en la Alhambra, y varias barcarolas flotantes discurrían bordeando la playa, empavesadas caprichosamente y tripuladas por jóvenes comparsas vestidas de ninfas, como una de esas encantadoras escenas de carnaval en el gran canal de Venecia. Hubo luchas parciales, saltos de agua y carreras en competencia; pero en medio de aquel cuadro de alegría faltaba esa raza postergada é infeliz de los cristianos, relegados à unas cuevas infectas hacia la falda de la montaña, á los que no se permitía discurrir por la villa durante la noche.
El emir tuvo lugar de observar estas circunstancias, vio aquellas criaturas escuálidas, agobiadas por el trabajo y rebajadas del rango social, pereciendo en aquellos mefilicos subterráneos y arrastrando los hierros de la esclavitud.... y compadecido de tanta desgracia, dictó medidas humanitarias en su favor, prohibió el tormento del hierro con que se les sellaba, y les concedió el privilegio de la libertad, apenas se terminara la obra, en ya época podían disfrutar el beneficio de edificar un barrio à la parte estramuros de Levante, con una ermita para celebrar libremente su culto público.
No consta la fecha de estos privilegios, pero es positivo que al punto fué edificado el barrio, donde se constituyeron los cristianos, y la iglesia dedicada á Santa María Virgen. Llamóse aquel la Villa, y corresponde al arzabal que hoy llamamos la Villavieja, dividido del casco de la ciudad propiamente dicha por el antiguo portal de Ferriza ya mencionado.
BIBLIOGRAFÍA
- CAPITULO III.
- -Casamiento de Abd-el-Asís con la reina Egilena.
- -Situación desgraciada de la villa de Alicante.
- -Primeros fundamentos de la moderna población.
- -Llegada à esta del Saheb de Murcia y preparativos para recibirle.
- -Clemencia de este en favor de los cristianos, y fundación de la primera iglesia cristiana en la Villavieja.
Artículo extraído del libro Historia General de la Ciudad y Castillo de Alicante de D. José Pastor de la Roca del 1854.
Firmado: D. José Pastor de la Roca



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