Capitulo IV
—Apoderase de Alicante el rey Lobo de Murcia.
—Apoderase D. Alonso de las cercanías de Alicante.
—Ardides de los sitiadores y sitiados.
—Desisten los cristianos.
—Cae la plaza en poder del rey de Córdoba.
—Vicisitudes de Alicante y saqueo de la villa por el rey de Castilla.
Nada memorable hallamos en las crónicas relative a la villa de Alicante hasta fines del siglo XI, en que fue acometida la plaza por el rey Lobo de Murcia, talados los campos y alquerías, saqueadas las casas é incendiadas las mieses, según la costumbre de aquella época, y entre el cúmulo de desgracias que pesaban sobre la población, vino a agregarse la circunstancia de que el Cid campeador que había establecido su cuartel de guerra sobre un montecillo en las inmediaciones de Agost, hacia diversas correrías por la marina, inquietando a los moros, y manteniendo en continua alarma a los naturales, en particular los cristianos, a quienes se oprimía con doble Rigor en tales casos, suponiéndoles en convivencia con sus correligionarios; y do aquí las prisiones y tropelías que por parte de sus opresores con mayor crueldad.
Mas, esto no estorbo que el rey Lobo se apoderase al fin de Alicante a la que combatió con todo género de artificios, basta que cayó en su poder, ignorándose la fecha de este suceso.
Años después (1) D. Alonso el batallador extendió sus correrías por el reino de Valencia, haciendo considerable daño en Alicante, a la que puso sitio con intento de no levantarle hasta tomar la plaza.
Asentó sus reales sobre un collado ó eminencia inmediato, llamado el Tousal de Manises, desde cuyo punto dominaba las operaciones de los moros que se refugiaron al castillo, temerosos de aquel rey afortunado.
Los soldados de D. Alonso invadieron los huertos o jardines inmediatos y llegaron a las mismas puertas de la Villa, que hallaron desierta y abandonada; únicamente la población cristiana existía en el arrabal, no atreviéndose á recibir al ejército castellano, por temor de las consecuencias que podía tener el lance, si triunfaban los moros.
Los soldados saquearon la Villa, incendiaron los jardines (1) y llamados por el toque de corneta, retirándose cargados de botín a su campamento.
La idea de apoderarse de aquella plaza importante, que ya lo era en aquellos tiempos, bullía en el pensamiento del rey, pero era empresa casi irrealizable, atendido el orden del castillo, inexpugnable por naturaleza en una época que se desconocía el formidable auxilio de la pólvora y que solo se empleaba la fuerza ruda y material, o la astucia.
Era este último medio el único adaptable a la empresa, y él recurrió a el rey, bien decidido de apurar todos los medios imaginables antes que renunciar a su propósito. A este efecto envió una comisión de soldados disfrazados de moros, que a nombre de un rico musulmán, le ofreciese bastimentos y una porción de cabezas de ganado, que debían introducirse por cierto punto reservado del castillo, a fin de que no fuese notado por los sitiadores.
El objeto de este ardid era explorar la situación y fuerzas de los sitiados y averiguar la parte más débil o 1a poterna oculta, que era la clave de la fortaleza; pero fue averiguado el intento y despidieron la embajada supuesta con una política escusa, simulando que agradecían infinito la fineza del caballero moro, según decían.
Bramaba de coraje el castellano al ver el mal resultado de su estratagema, y aún más cuando al rayar el siguiente día un heraldo del castillo a son de clarín atravesó el campamento cristiano, hasta llegar a la tienda del rey. Al pronto S. A, recelando que venía a insultarle en su mismo alojamiento, llevado de un arranque de ira, embistió contra el parlamentario, arrojándole a tierra de un mandoble de su jabalina.
Felizmente no recibió daño sensible, lo que agradeció D. Alonso, cuando repuesto de su acceso, Comprendió que lejos de hacerle un agravio, el alcaide del castillo había resuelto, de acuerdo con la guarnición, entregarle la plaza discreción de su clemencia, porque la escasez de víveres hacía imposible toda resistencia, de suerte que, podía acercarse al muro á cualquier hora con su ejército, a fin de tratar de condiciones y tomar posesión de las llaves.
Era caso de oponerla astucia contra la astucia, y el prudente principio aplazó su resolución, despidiendo políticamente al heraldo. Al día siguiente al salir el sol determinó probar el ardid, y aproximándose cautelosamente al castillo con una compañía de los suyos, observó que desde las plazas superiores del castillo le hacían señas de honor con una banderola blanca, como estimulándole para que se acercase al muro sin algún recelo.
Acercóse en efecto, casi convencido por aquellas demostraciones pacíficas; pero al llegar al muro, en medio de una confusa gritería, arrojáronle desde la esplanada una porción de sacos llenos de trigo y legumbres y varios trozos de carnero y vaca, como dando á entender que tenían víveres en abundancia y que su posición estaba asegurada.
Comprendió el Rey la indirecta, juró no levantar el campo hasta apoderarse de la plaza. Hubo escaramuzas y salidas nocturnas por parte de los moros, que tomaron desde luego una actitud agresiva, hasta que al fin se vieron obligados a abandonar la plaza, de la que tomó posesión el rey cristiano. Mas como su empeño principal era proseguir la conquista, dirigióse a Andalucía, sin dejar guarnición en el castillo, pues en ese caso hubiera debilitado el ejército, de suerte que volvió a caer en poder del rey Lobo, á quien se lo arrebató el de Córdova Aben-gumeda.
Bajo el dominio de este príncipe se terminó la obra de la nueva villa, y fueron restauradas las granjas que se habían quemado durante el sitio, la población llegó adquirir su estabilidad normal, respetáronse los fueros de los cristianos, y parece que se edificó una mezquita junto á una alhóndiga que existía en el paraje que corresponde á lo que hoy se llama barrio del Carmen, á la falda de la misma sierra.
Ocurrida la muerte de Aben-gumeda, cayó nuevamente Alicante en poder del rey Lobo, habiéndola poseído aquel por espacio de quince años, según afirma Luis de Mármol.
Las contiendas civiles trabajaron muchos años a Alicante, circunstancia de que se aprovecharon los reyes de Aragón y Castilla para sacar partido de sus mismas discordias, hasta lograr hacer tributario este estado de ambas coronas, originándose de aquí entre estas varios altercados, respecto á cual de ellas correspondiera el feudo, Avenidos estos dos monarcas, distribuyéronse la conquista de los reinos de Valencia y Murcia en esta forma; el de Aragón tenía derecho al terreno comprendido en el reino valenciano (1) desde su frontera, hasta Castalla, Villajoyosa y Jijona, con sus demarcaciones jurídicas, y en el de Murcia todas las poblaciones de la vega de Orihuela hasta Guardamar por el desagüe del rio Segura, incluso Alicante, con sus distritos y jurisdicciones, y luego le adjudico la ciudad de Valencia.
En cuanto al rey de Castilla, se contentó con la ciudad de Murcia y lo restante del mismo reino hasta Granada. Este tratado se firmé en Tudela de Navarra en 27 de enero de 1151 (2) y fue ratificado en el año 1156, en unión del príncipe D. Sancho de Castilla.
Esta concordia se alteró en el siguiente año 1177, quedando Alicante adjudicado a la corona de Castilla; (3) tratado que aún se invirtió, quedando definitivamente Alicante aplicada a la conquista de parte del rey de Aragón. (4)
Concertados entre ambos monarcas, dieron principio de común acuerdo a sus correrías, talando la comarca de Murcia y Alicante en 1183, 1184 y 1191 y extendiéndose hasta Valencia y Denia. Según varios autores (4) fue Alicante una de las poblaciones que más sufrieron, acaso por su misma importancia marítima y estratégica, como plaza de armas y de comercio.
Pero cuando más sufrió, fue el año 1211, en que D. Alonso VIII de Castilla la saqueo completamente, y la bebiese tomado sino viniera en auxilio de los moros del emir Mohamelo, apellidado Miramamolin el del turbante verde; (2) si bien se contentó con inutilizar los muros, que eran de mampostería y tapia de barro y piedra, y al propio tiempo corto el pequeño dique de] puerto, echando a pique las galeras y galeotes que babia en él.
Bibliografía
- (1) Marmol, Lib. II. cap. XXVI.—Diago, Lib. VI. cap. XXV1.—Beuter, Lib. II. cap. XX.—Zurita, Lib. II. cap. LXI. Samuel Bouchard. Paralelo bistér, pag. 486 y siguientes. Anon. gen. Concordancia eritica, folios 104 y 166.
- (2) Bend. Cron. ined. de Alicante. folio 224. Este general acaudillaba los moros en la célebre cuanto exagerada batalla de las Navas de Tolosa dada a 16 de julio de 1112, y en conmemoración de la victoria de los cristianos en ella, se instituyo la fiesta del triunfo de la Cruz en igual día.
- (1) 1123 según Beuter.—Diago dice Lib.IV cap. XVIII que en 1124.-Zurita id. Y Escolano que en 1125, Lib. III cap. I num. V.
- (1) La población de esta época, fuera de la Villavieja, apenas llegaba a la plaza hoy de Ramiro, faldeando la montaña, pues la parte baja estaba plantada de jardines que se regaban con norias, de las que aun existen varios pozos en la moderna calle de Labradores.- (Bend, crónica ya citada, folio 219 vuelto.-
- (1) Escolano, Lib. Ml: cap, 11.—Zurita, Lib..JL .cap. X.
- (2) Zurita, Lib.1!. cap..XVII..
- (3) Diago. Lih, VI. cap XXIV.
- (4) Así lo refiero el rey D. Jaime en su crónica según el Dear Bendicho, folio.224 vuelto, y Ramón Montaner en el cap.XII trae textualmente las palabras con que el rey D. Alonso el sabio confirmó esta concordia, hablando con su suegro el rey D, Jaime, de este modo:
"Pase be ladits que vos me prometes com me donas vostra filla permuller quem ayudareis d conquisir lo regne de Murcia é es veritat que en lo dil Regne, auets vos bona part que en la vostra conquista é Alagant ó Elx, ó vall delda é Asp é Petrer é Clivillent etc".






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