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jueves, 9 de julio de 2026

Madera, Agua y Poder

El 20 de mayo de 1711, tras el asedio al Castillo de Santa Bárbara de Alicante en la guerra de Sucesión, viéndose estrechado el ayuntamiento de Elche por la orden del gobernador militar de Alicante para que cumpliera poner en el puerto de Santa Pola, las 100 barcadas de madera de pino que días antes le habían exigido para reconstruir el castillo de dicha ciudad y de las cuales únicamente habían entregado 26, se acordó que buscaran 4 galeras y los hombres necesarios para buscar a la sierra con toda urgencia e hicieran el corte y acopio de la madera para satisfacer la demanda de la autoridad gubernativa.

I. Los cimientos de la reconstrucción.

   La historia de la supervivencia y desarrollo de Alicante ha estado siempre ligada a la colaboración —muchas veces forzosa— de las tierras vecinas. Sigues atrás de que el agua fuera el principal dolor de cabeza de la gobernación local, la ciudad ya dependía de los recursos forestales de los alrededores para mantenerse en pie.
Tanto la Sierra del Molar como la de Santa Pola fueron siempre pobladas por grandes bosques de coníferas, un valioso reservorio de madera y leña que el pueblo ilicitano supo gestionar con celo.

Sin embargo, los tiempos de guerra alteraban cualquier gestión pacífica. Tras el devastador asedio al Castillo de Santa Bárbara de Alicante durante la guerra de Sucesión, la fortaleza quedó en ruinas. El 20 de mayo de 1711, viéndose estrechado el ayuntamiento de Elche por la orden tajante del gobernador militar de Alicante, se exigió el cumplimiento inmediato de una costosa contribución: poner en el puerto de Santa Pola las 100 barcazas de madera de pino que días antes le habían solicitado para reconstruir el castillo de dicha ciudad.

Hasta ese momento, los ilicitanos, desbordados por la situación, únicamente habían logrado entregar 26 barcazas. Ante la presión y las posibles represalias de la autoridad gubernativa, el cabildo de Elche acordó de urgencia buscar cuatro galeras y los hombres necesarios para enviarlos a la sierra con toda presteza. El objetivo era realizar el corte y acopio de la madera restante a contrarreloj para satisfacer la demanda militar alicantina. Aquellos pinos de las sierras vecinas terminaron por levantar los techos y defensas de la emblemática fortaleza que corona la ciudad.

II. El siglo XIX y la sed de una ciudad en expansión.
Pasaron los decenios y el Castillo de Santa Bárbara, reconstruido con aquella madera histórica, continuó vigilando una ciudad que crecía a pasos agigantados. Para la mitad del siglo XIX, el incremento poblacional de Alicante ya no demandaba vigas de pino, sino algo mucho más vital, "el agua". El desabastecimiento agravaba la vida cotidiana y el problema tuvo que ser resuelto por nuestros munícipes.

Para paliar la escasez, se puso paz al contencioso que la ciudad mantenía desde años atrás con Juan Bautista Lafora por las aguas de los huertos de Arques y Valladolid; se estudió la propuesta de la Sociedad de Nuestra Señora de los Remedios (presidida por Roca de Togores) para explotar el agua de la mina del Llano de la Cueva, y se negoció con los agricultores locales para comprar la propiedad del agua de la Casa Blanca.

Fue en este periodo de precariedad cuando surgió la figura del maestro de obras Antonio Garrigós, quien dirigió la perforación de una serie de pozos en las faldas de aquel mismo castillo con el único fin de solucionar la falta de agua en la ciudad. Estimulados por su éxito, otras personas de la iniciativa privada siguieron sus pasos, llegando a proyectar en pleno centro de Alicante una gran infraestructura hidráulica subterránea de la que, hasta hace poco, no se tenía plena noticia.

III. El aljibe secreto de la plaza del Teatro.
Corría el mes de febrero de 1863. Durante el último cabildo, bajo la presidencia del alcalde D. Tomás España, se dio lectura a un escrito confidencial remitido por la Sociedad propietaria y la empresa que dirigía el Teatro Principal. Ambas entidades comunicaban al Ayuntamiento que, en interés del vecindario, habían decidido costear la construcción de un gran aljibe subterráneo en la embocadura de las calles del Diluvio y Zorrilla (lo que hoy conocemos como la avenida de la Constitución, a la altura del cruce con la calle Artilleros).

La idea era brillante y utilitaria, el depósito recogería los sobrantes de la fuente vecina que se estaba construyendo en la plaza del Teatro (en su parte trasera). Con ello, se alimentaría un nuevo abrevadero público para las caballerías en la calle del Diluvio y se conservaría un buen caudal de reserva para cualquier incendio o necesidad pública. Los trabajos se pusieron bajo la supervisión técnica del arquitecto municipal.

Las especificaciones técnicas de la obra detallaban un proyecto de envergadura:
Capacidad: Un vaso excavado de 246 metros cubicos.
Presupuesto de excavación: La extracción de tierras se tasó en 997 reales.
Estructura: El suelo contaría con 27 metros de mampostería de piedra y mortero (40 cm de grosor) por 756 reales; las paredes requerirían 73 metros de mampostería (50 cm de grosor) por 2.640 reales; y la bóveda de cubierta se haría con 40 metros de losas de cantera por 1.320 reales.
Impermeabilización y fontanería: Se presupuestaron 1.400 reales para una capa de tierra hidráulica que revistiera el interior y 61 metros de cañería de plomo (a 16 reales el metro) para conectar la fuente del teatro.

El coste total se estimó en 8.089 reales. Para convencer al Ayuntamiento, las empresas del Teatro Principal ofrecieron una fórmula de cofinanciación generosa, la municipalidad solo abonaría una tercera parte (2.696 reales), mientras que los dos tercios restantes correrían a cargo del teatro, garantizando además que cualquier imprevisto o sobrecoste no alteraría el precio pactado para las arcas públicas.

IV. Amiguismo e hilos políticos en el subsuelo

El Ayuntamiento aceptó de inmediato y nombró a Francisco Jover para supervisar las obras del abrevadero en la calle del Diluvio, justo sobre el frente de la vieja muralla. En marzo de 1863, el gobernador dio el visto bueno y las obras avanzaron con rapidez: en apenas 90 días, el aljibe estuvo terminado.

Sin embargo, a la hora de pagar, la transparencia del trato se diluyó. En lugar de los 2.696 reales acordados, el Ayuntamiento terminó desembolsando a mediados de junio la cantidad de 4.044 reales con 50 céntimos, además del importe íntegro del abrevadero.

¿A qué se debió este repentino aumento? Los documentos de la época revelan el clásico entramado de intereses locales de la época. Firmando el proyecto como director de la empresa del teatro se encontraba D. Francisco de Paula Villar; el presidente de la sociedad propietaria del edificio era D. Tomás España... y este último era, al mismo tiempo, el alcalde de Alicante que aprobaba los pagos. Con esta maniobra, la sociedad privada del teatro se ahorró exactamente 1.348 reales que terminaron saliendo directamente de los bolsillos de los contribuyentes alicantinos.

El favoritismo no terminó en el subsuelo. El mismo día que el gobernador autorizaba la construcción del pozo, el director del teatro, Francisco de Paula Villar, solicitó al cabildo que le nombraran «maestro director de la Capilla de Música», ofreciéndose elegantemente a servir el cargo gratis, «por sólo la honra que el destino le proporciona».

Dado que la plaza ya estaba ocupada por el titular D. José Fons, el Ayuntamiento —en un acto de equilibrismo político— dividió el cargo en dos y le otorgó a Paula Villar la dirección de la orquesta en las grandes funciones y actos solemnes, dejando a Fons relegado al órgano y los servicios ordinarios. Y pese a la promesa de gratuidad del aristócrata, el cabildo terminó asignándole un sueldo anual de 2.160 reales, exactamente lo mismo que cobraba el titular. Como era de esperar ante semejante agravio, el maestro José Fons presentó dignamente su renuncia.

Así, entre favores políticos, presupuestos inflados y recursos traídos a la fuerza de los montes vecinos, se fue tejiendo la historia de los servicios públicos de Alicante; una ciudad donde incluso el agua del subsuelo se movía al ritmo que marcaban los hilos del poder.


JoseMariaPerea

CREDITOS

REDACTOR:   Enrique Cutillas Bernal ©

PORTADA: Procedentes de la Web | Copyright ©

TITULO:  Madera, Agua y Poder | Copyright ©

SECCIÓN: Crónicas de Alicante  Copyright ©

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PUBLICADO EL:  Domingo, 26 de octubre de 1997


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