El presente trabajo tiene como objeto de estudio el impacto que tuvo en el callejero alicantino el liberalismo, que transformó el espacio público en un campo de lucha política y pedagogía nacional, y cuál fue la evolución del uso político del paisaje urbano. Para ello utilizaremos diversas fuentes, desde planos y callejeros hasta las propias actas municipales, con lo que podemos obtener una muestra parcial del callejero en momentos históricos clave.
Tras la muerte de Fernando VII los principios liberales fueron consolidándose paulatinamente y el 10 de agosto de 1836 las autoridades alicantinas juraron el código constitucional recién proclamado, la Constitución de 1812. A las cinco de la tarde se llevó a cabo la publicación oficial y el juramento solemne de la nueva ley en la hasta entonces Plaza Real de Fernando VII. El recuerdo de ese lugar como la Plaza de la Constitución ya había llevado a los alicantinos más exaltados a proclamar el texto constitucional allí la noche anterior. En 1839 ya se había dedicado una plaza a Isabel II, que no era otra que la conocida tradicionalmente como Plaza de las Barcas. Las celebraciones por el fin de la guerra civil tuvieron lugar tanto en la Plaza de la Constitución y el Paseo de la Reina como en la recién creada Plaza de Isabel II, que se asociaba tanto con la Constitución como con el triunfo bélico.
También destaca la construcción del Teatro Nuevo, cuya primera piedra se colocó el 28 de enero de 1846 en la Plaza del Barranquet, que pese a su situación periférica era una zona de paso esencial. La construcción del Teatro allí nos muestra el papel de centralidad reservado al Barrio Nuevo, ya que «la burguesía comercial alicantina de principios del siglo XIX veía la construcción de un teatro a sus expensas como la plasmación de un deseo de autoidentificación». La importancia del Teatro para las élites hizo que poco después se cambiara el nombre de la plaza, por su carácter de representación del poder burgués, puesto que más allá de su función artística, el teatro se muestra como un lugar de identidad social y cultural de la burguesía.
Desde 1844 hasta 1854, como en el resto de España, los moderados ostentarían el poder en Alicante marcando con una fuerte impronta política, social y cultural a la ciudad. Ello tuvo un reflejo parcial en el callejero, puesto que tenemos constancia de 30 nuevos nombres de calles, legislados con anterioridad a 1852, que nos muestran cómo en los momentos iniciales de la implantación del liberalismo convivieron los imaginarios políticos de moderados y progresistas. Mientras que las denominaciones religiosas y funcionales se estancan, se produce un nítido avance de la tipología política, ligada a la coyuntura política de los años 30.
Encontramos un programa de glorificación monárquica con la rotulación de las calles Reina, Puerta de la Reina o la sustitución del Duque de Angulema por la calle Princesa. A su vez, Riego recuperó su calle, en una de las nuevas vías del Barrio Nuevo. La victoria bélica también se conmemoró en el callejero y la exaltación monárquica quedó ligada a la victoria frente a los carlistas, lo que explica la presencia de las calles de la Victoria, del Triunfo y Bilbao, situadas en paralelo y desembocando en el Malecón, que crean un espacio urbano dedicado al recuerdo de la victoria bélica. A su vez, se inició la tradición localista liberal, como podemos comprobar en las calles Aparicio y Bendicho. Si la primera recordaba al famoso pintor alicantino (lo que permitió olvidar su condición de pintor de cámara de Fernando VII), la segunda hacía referencia al eclesiástico que escribió la conocida crónica sobre Alicante.
Pero la verdadera transformación del paisaje urbano alicantino llegaría en 1852, momento en que se emprendió el cambio del nombre de 62 calles sobre un total aproximado de 125, es decir, el 49,6% del callejero. Así, se llevó a cabo un profundo proceso de renovación de la nomenclatura de las vías de la ciudad, que contaba entonces con 19.650 habitantes; más aún si tenemos en cuenta que casi el 70% de las novedades reciben un nombre de tipo político. Gracias al acta municipal del 7 de octubre de 1852 conocemos el parecer de la Comisión de Ornato, encargada de las cuestiones relacionadas con la policía urbana. Se presentó la lista de los nombres de las 15 plazas y 125 calles que componían la ciudad añadiendo las modificaciones pertinentes por la necesidad de cambiar algunos nombres «ya por la ninguna significación que tienen unos, ya por la repugnancia que otros ofrecen», lo que nos muestra la preocupación existente por actualizar esas denominaciones para que respondieran a los referentes liberales.
La acción de la Comisión de Ornato motivó que únicamente se conservaran 33 nombres de calles de la ciudad del Antiguo Régimen. Este exiguo 26,4% de vías que se mantuvieron tuvo plena vigencia como mínimo entre 1754 y 1814, y probablemente fue ese arraigo, que las situaba dentro de lo tradicional, lo que explica su pervivencia. En este sentido hay que destacar que el 67% de estos nombres que se mantienen ya estaban presentes en 1754. Por otra parte, resulta sintomático que el 55% de los nombres que se mantienen sean religiosos, lo que explica su pervivencia desde el siglo XVIII, y un 36% denominaciones funcionales, explicable por la propia configuración urbana que garantizaba su existencia.
En cuanto a los cambios de nombre de las plazas, salvo el recuerdo del baluarte de San Carlos en una denominación funcional, el resto de cambios tuvo una motivación política. Se entronizaba la figura local de Campoamor en el casco urbano, toda vez que ya se había inaugurado en 1849 su paseo situado extramuros. Gobernador Civil de la provincia y poeta, fue nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad y elegido diputado a Cortes en 1850 en la provincia. Artífice del paseo que llevaba su nombre, hizo valer su influencia para la construcción de la línea férrea y otras mejoras de la ciudad.
Por otro lado, se consagraba el ideal de progreso con una plaza muy cercana al Ayuntamiento, ocupando con una idea profundamente nueva un espacio tradicional. Finalmente, el Teatro como manifestación burguesa por excelencia también tuvo su plaza. En cuanto a la Plaza de Isabel II, si había convivido con la denominación tradicional de Plaza de las Barcas, a la altura de 1852 ya no se hace referencia al nombre tradicional, mostrando el control institucional sobre estas cuestiones.
Los nombres de calles escogidos para sustituir los antiguos muestran los nuevos intereses. Así, únicamente se legislaron 4 cambios de tipo funcional, lo que evidencia que esa tipología tenía un carácter popular incompatible con los intereses oficiales.
Se legislaron 15 cambios de nombre religiosos, un 24,1% del total, sustituyendo a denominaciones funcionales en su mayoría. La mayor parte de estos cambios se concentraron en el barrio de Santa Cruz, reflejando cómo se consideró que el casco antiguo era el lugar más adecuado para conceder espacio a las denominaciones religiosas. Ello revela el distinto uso de las calles en función de su importancia y situación, puesto que no era lo mismo renombrar calles con un carácter tradicional que rotular por vez primera calles recién creadas. Esta notable presencia religiosa en el callejero debe entenderse por la sintonía de los moderados con los intereses religiosos, ejemplificado en la firma del Concordato de 1851 con la Santa Sede.
Pero fueron las modificaciones de tipo político las protagonistas del periodo, ya que comprenden 43 de las 62 variaciones legisladas por la Comisión de Ornato, un 69,3% del total. Esa cifra nos permite comprender la magnitud de la transformación operada en el paisaje urbano. Conocido es el papel que para los legisladores liberales podía jugar la historia a la hora de conformar una conciencia nacional, por lo que ahora estudiaremos su plasmación en Alicante, ya que las modificaciones obedecieron a diversos referentes históricos.
Entre esos referentes podemos encontrar desde aquellos que se remontaban al Medievo para buscar la forja de la nación, pasando por el recuerdo de la época imperial (siendo fundamental la mítica España de los Reyes Católicos); hasta aquellos que apelaban al mundo de la cultura como elemento nacionalizador, puesto que se intentaba acercar al pueblo a los valores nacionales a través de los valores culturales ejemplificados por los grandes literatos. Por último, son fundamentales los imaginarios que entroncan con el derecho de resistencia y sus mártires y la Guerra de Independencia.
Otro grupo a reseñar es el de los hijos pródigos de Alicante. El espacio reservado en el callejero para éstos es esencial, puesto que el liberalismo sentó las bases de la organización provincial como una nueva forma de entender la nación recién creada. Se entendía la recuperación del pasado propio como una forma de hacer patria española, evitando así la excluyente identificación entre la nación y Castilla; preocupación que no se tuvo en Alicante por el enfrentamiento larvado con Valencia, que hacía preferibles los referentes de la Meseta. La historia nacional no era ya la de la monarquía, sino la de la lucha por la libertad frente al despotismo interno y la opresión extranjera, y ello tenía su reflejo en las calles. El pasado nacional se ponía al servicio de un proyecto político y su recreación generaría otra comunidad imaginada. La nación española era sometida a un intenso proceso de recreación política, simbólica y cultural con base en las necesidades del presente; el progresismo se había embarcado en la invención de la tradición, y aunque la composición del Ayuntamiento alicantino no nos permite hablar de un dominio progresista, el moderantismo no pudo abstraerse de muchos referentes míticos progresistas, mucho menos en una ciudad de clara filiación liberal como Alicante.
Es necesario destacar la política seguida en torno al Barrio Nuevo, puesto que sus calles de reciente construcción, largas, anchas y de gran habitabilidad, son reservadas para hechos relacionados con la Guerra de la Independencia y los sacrificios llevados a cabo por la libertad. Así, nos encontramos con las paralelas calles de Bailén y Castaños, la batalla y su vencedor, que se cruzan con el recuerdo del asedio de Gerona, en una calle de importancia por conectar la Plaza de San Francisco con las cercanías de la Plaza de la Constitución. Con esto se resaltaba la importancia de la Guerra de la Independencia como el símbolo de la unidad española, siendo por ello el punto de referencia inapelable para la consolidación del sentimiento nacional español y constituyéndose como elemento básico de la cultura nacional con sus héroes y batallas. Era el mito integrador por excelencia, siendo aceptable tanto para los liberales (el pueblo interviene para redimir la tiranía) como para los conservadores (el pueblo fiel a las creencias y tradiciones). Al norte del Barrio Nuevo encontramos un recordatorio a los mártires de la libertad que habían muerto luchando por la implantación del liberalismo, destacando la presencia de aquellos caídos durante la Década Ominosa. La extensa calle Riego, que conectaba la Plaza del Teatro con el extremo oeste de la muralla, se cruzaba con las calles dedicadas a los pronunciamientos «románticos» de la década de los 20, tanto el de los hermanos Bazán (1826) como el de Torrijos (1831). Una menor importancia en el plano tenía el recuerdo de la intentona del coronel Valdés (1824), que completa la remembranza de la lucha política contra el absolutismo hasta 1833. Más hacia el oeste, se recordaban las esencias nacionales, puesto que la calle Navas, que mostraba la unión ante el invasor, se cruzaba con la calle de Colón.
A nivel global, podemos observar cómo de una ciudad con una presencia testimonial de la tipología política, pasamos a la Alicante de mediados de siglo, que tenía un 46,4% de calles rotuladas con esos nombres. Pese a la invasión del paisaje urbano con referentes de tipo político, se respetó la tradición religiosa, como muestran las 38 calles de tipo religioso, que conforman un 30,4% del paisaje urbano, destacando en el casco antiguo. Las denominaciones funcionales, 29 (23,2% del total), son las que más retroceden, perdiendo más de la mitad de sus denominaciones por varias razones. Éstas habían sido denominaciones populares que fueron sustituidas por el control de la Comisión de Ornato. Además, con las alineaciones geométricas y las obras de urbanización y mejora de calles, cada vez era más complicado encontrar elementos físicos de la calle que permitieran distinguirla de otras, por lo que su uniformidad restringió la expansión de esta tipología.
Todo ello muestra cómo el liberalismo triunfante consiguió imponer su visión del paisaje urbano como elemento de pedagogía política, siendo el Barrio Nuevo el ejemplo paradigmático. Así, el callejero alicantino de 1852 se nos muestra irremisiblemente ligado a la historia como no había pasado en forma alguna hasta el momento; concretamente, el callejero no era ni más ni menos que una traslación de la interpretación liberal de la historia de España, que pasaba a ocupar un lugar de privilegio en el paisaje urbano con una intencionalidad pedagógica, con la que se pretendía formar y fomentar la conciencia nacional de la recién creada nación. Así pues, las calles tenían una labor educativa entre la población, instruyéndola en la antigüedad de la nación y su historia. Una vez que el callejero superó una fase inicial en que fue escenario de lucha de ideas, el Estado liberal mostraba sus posibilidades como educador y productor de sociabilidad a través del paisaje urbano, ya que no debemos olvidar que la denominación de las calles es una de las manifestaciones más claras de la memoria colectiva de una comunidad tendente a configurar una determinada identidad.

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REDACTOR: Víctor Sánchez Martín ©
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TITULO DE PRIMERA PARTE: El triunfo del liberalismo | Copyright ©
TITULO DE LA OBRA: El impacto del liberalismo en las calles de Alicante durante el siglo XIX
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PUBLICADO EL: 07/07/2026 ©
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