El presente trabajo tiene como objeto de estudio el impacto que tuvo en el callejero alicantino el liberalismo, que transformó el espacio público en un campo de lucha política y pedagogía nacional, y cuál fue la evolución del uso político del paisaje urbano. Para ello utilizaremos diversas fuentes, desde planos y callejeros hasta las propias actas municipales, con lo que podemos obtener una muestra parcial del callejero en momentos históricos clave.
A lo largo del siglo XVIII Alicante experimentó un proceso general de crecimiento, contando a inicios del siglo XIX con unos 20.000 habitantes. Hasta 1807, la ciudad mantuvo las murallas construidas con anterioridad a 1704, que protegían todo el casco histórico, incluyendo los barrios de San Roque, Santa Cruz, Villavieja y el importante arrabal de San Francisco, quedando fuera el arrabal de San Antón. En 1807 comenzaron las obras de amurallamiento del Tossal, que culminaron con la creación del denominado castillo de San Fernando, un baluarte en realidad, terminado en 1812. Así, entre junio de 1808 y octubre de 1809 comenzaron las nuevas obras de la muralla, destinadas a su mejora y reforzamiento, lo que tendría importantes efectos sobre el urbanismo alicantino, puesto que el nuevo cerco abarcaba parte del territorio rural hasta entonces fuera de la zona amurallada; terreno que serviría para la planificación del Barrio Nuevo.
El callejero alicantino a inicios del siglo XIX mostraba un carácter tradicional, puesto que, tras la Guerra de la Independencia, Alicante no tenía un callejero sustancialmente diferente al existente a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII. Los cambios en esos 60 años no debieron ser muy numerosos, y los encontrados responden a la lógica popular tendente al acortamiento de los nombres de las calles o el cambio de denominación por cuestiones socioprofesionales o luchas de prestigio. La excepción será el caso del Portal de Elche, verdadera plaza mayor que capitalizaba gran parte de la vida de la ciudad, siendo el eslabón de paso entre la ciudad antigua y el barrio de San Francisco.
La Plaza de la Constitución nos ofrece el primer ejemplo emblemático de utilización simbólica del paisaje urbano, siendo el único cambio de nombre de tipo político del periodo. Con esta plaza la localidad alicantina glorificaba el experimento que se había producido en 1812 en España y se significaba claramente a su favor, dedicando para ello un espacio privilegiado, puesto que, tras la construcción de la nueva muralla en plena guerra, esta plaza ganó un importante valor al formar el eje de comunicación entre el casco antiguo y la ciudad nueva. Así se cumplía la Real Orden del 14 de agosto por la que las Cortes Generales decretaban que la Plaza General de todos los pueblos de España en los que se hubiera promulgado la Constitución debía ser denominada Plaza de la Constitución.
Sin embargo, el 15 de mayo de 1814 Fernando VII firmaba el decreto de anulación de la Constitución. El cabildo alicantino ordenó que «inmediatamente se quite y destruya la lápida de la Constitución de Cádiz que se colocó en la Plaza de Elche». Viravens nos indica que en la misma tarde del 15 de mayo los alicantinos arrancaron «con el mayor júbilo la lápida constitucional». Cabe resaltar el carácter simbólico del acto, puesto que la piedra destrozada fue colocada en el ataúd destinado para cadáveres de pobres y conducida por las calles en forma de entierro hasta que se lanzó la caja a una acequia del Malecón. Así se enterraba la lápida de la Constitución, y con ella, lo que ésta representaba. Pronto un vecino, Juan Marchent, pidió que se colocara otra lápida con el nombre de Plaza de Fernando VII, indicando además que él mismo tenía ya la pieza preparada y pidiendo permiso para colocarla. El 30 de mayo se produjo la solemne colocación de la lápida que entronizaba el nombre de Plaza Real de Fernando VII.
Si valoramos globalmente el callejero alicantino, comparando el Padrón Extraordinario realizado por Emilio Jover en 1814 con el nomenclátor de 1754, comprobamos cómo el primero refleja la sociedad del Antiguo Régimen. El 72,5% de las denominaciones de 1754 seguían perviviendo en 1814, representando el 58,6% de la ciudad que encaraba el siglo XIX. A su vez, otro 20% de la ciudad de 1814 estaba compuesta por las denominaciones surgidas en los momentos finales del Antiguo Régimen. Por todo ello tenemos que hablar de continuidad a la hora de estudiar el callejero alicantino de 1814.
Pero no sólo debemos estudiar el callejero en su aspecto cuantitativo, sino también en su aspecto cualitativo. ¿A qué hacían referencia los nombres de las calles? Para estudiar este aspecto, clasificaremos las calles en diversas tipologías. Por ejemplo, en 1754 encontramos un 62,5% de registros de tipo funcional. Con ello nos referimos a calles que en su denominación aluden a elementos físicos de la calle o a las actividades que allí se realizaban. El 27,5% de las calles eran de tipo religioso, refiriéndose a santos fundamentalmente. Por último, tenemos un 10% de calles que habría que calificar de tipo político-tradicional. Si aplicamos el mismo análisis al callejero de 1814 podemos ver cómo el aprovechamiento simbólico del espacio urbano se mantiene en proporciones similares. De los 87 registros constatados, el 50,5% hacen referencia a denominaciones funcionales, el 35,6% son de tipo religioso y únicamente el 13,7% pueden ser calificados como de tipo político-tradicional. Así, la denominación callejera aún no había sido monopolizada por el poder como instrumento al servicio de la política.
En un momento de escasa uniformidad urbanística, las diferencias entre unas calles y otras eran tan notables como para generar los propios nombres. Por ello encontramos nombres que reflejan las características físicas de las calles (Arriba, Empedrado, Barranquet, Entre dos puertas, En medio, Entre muro y muro, Hondo, Parque, Puente, Villavieja, Plaza del Puente, Norte, Troncos). Pero también encontramos calles con nombres de tipo funcional que hacen referencia a las actividades de la calle, caso de las del Horno, Pescadería, Labradores, Lonja de Caballeros, Toneleros, Balseta, Diezmo, Plaza de la Fruta, Plaza de las Barcas, Parque, Parador, Pelota o Navío.
Asimismo, destacan los nombres de santos y vírgenes, más de la mitad del total. Finalmente, hay que reseñar algunos nombres de tipo político-tradicional (Marsella, Valencia, Morelló, Rovira, Sevila) que no se encuadran bajo los supuestos anteriores, puesto que muestran procesos de utilización política primitiva del espacio urbano. Es el caso de las calles Marsella o Valencia, presentes desde mediados del siglo XVIII; si la segunda era una concesión a la geografía regional, la primera revela el papel de los comerciantes franceses, que gozaron siempre del favor de la oligarquía gobernante. La novedad del periodo queda representada por la Plaza de la Constitución, apropiación clara del paisaje urbano con un fin pedagógico y nacionalizador, que nos ofrece una novedad frente al panorama anterior: una modificación de las coordenadas ideológico-sociales en que se movía el callejero. Este avance inauguró las luchas por el espacio urbano.
Tras el fin de la guerra destaca el deseo municipal por derribar la muralla del Vall, en la actual Rambla Méndez Núñez. Las obras se iniciaron en 1821 y en el lugar donde había estado la muralla se creó un paseo elevado que se convirtió en reflejo de los valores de las nuevas costumbres urbanas de las clases dominantes.
Con la llegada del Trienio Liberal, el Ayuntamiento volvió a denominar como Plaza de la Constitución a la antigua Plaza Real de Fernando VII. El régimen liberal tenía en esas plazas toda su nueva simbología, siendo revelador que, en febrero de 1822, cuando los absolutistas ensuciaron la lápida de la Constitución, los regidores alicantinos no pudieron ser más explícitos al calificar a esa lápida como «el sagrado símbolo de nuestra libertad». También se cambiaron tres nombres de calles, mostrando la vuelta de la Plaza de la Constitución, el bautismo como Paseo de Quiroga al paseo surgido tras el derribo de la muralla del Vall, y la rotulación con el nombre de Riego de la antigua calle de la Muralla. Clara es la intención de generar un espacio urbano simbólico, puesto que desde la Plaza de la Constitución se podía ir hacia el norte por el Paseo de Quiroga, importante lugar de recreo y vía de comunicación con todo el casco histórico. Por otro lado, se podía ir por la calle de Riego hacia el Ayuntamiento. Con ello se estaban dando nombres de gran significado político al eje vertebrador de la ciudad.
Tras la derrota militar frente a las tropas de Angulema, los liberales arrancaron las lápidas dedicadas a Quiroga, Riego y la Constitución para evitar su ultraje. Con el retorno del absolutismo, llegó el rápido cambio de nombre para las vías urbanas, para lo que se utilizaron lápidas provisionales. El 1 de diciembre, el cabildo alicantino de signo absolutista acordaba que la calle de Riego pasara a ser denominada de Angulema, y que el Paseo de la Reina recuperara para la monarquía el espacio urbano usurpado por Quiroga. Pero reconquistar el espacio profanado no era suficiente, y por ello se hicieron pedazos públicamente las lápidas liberales, arrojando posteriormente los restos al mar, «a distancia proporcionada». El 21 de abril de 1824 se dispuso una gran fiesta para celebrar la colocación de la lápida en la renombrada Plaza Real de Fernando VII.
En 1829, el gobernador militar de la ciudad, Iriberri, mejoró las condiciones del Paseo de la Reina mediante la plantación de álamos, la colocación de bancos y la construcción de una fuente y una glorieta arbolada, mostrando el interés por configurarlo como espacio de recreo y festejos. Y es que desde 1830, momento en que el paseo estuvo terminado, se convirtió en el lugar preferido para la celebración de verbenas, que hasta ese momento habían sido actividades extraordinarias. Así comenzaron a celebrarse dos veces por semana veladas musicales en dicho lugar; costumbre que pervivió hasta el último tercio del siglo XIX, puesto que en 1887 se trasladarían al Paseo de los Mártires. Es esencial destacar la importancia del paseo como manifestación de la sociabilidad burguesa y del ascenso social. Así, no bastaba con enriquecerse, sino que había que demostrarlo. Por otro lado, el paseo era el paso previo a la posibilidad de intercambios privados entre las élites; todo dentro de un marco de ostentación, lo que explica la importancia social del paseo.

CREDITOS
REDACTOR: Víctor Sánchez Martín ©
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TITULO DE PRIMERA PARTE: Guerra y revolución | Copyright ©
TITULO DE LA OBRA: El impacto del liberalismo en las calles de Alicante durante el siglo XIX
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PUBLICADO EL: 07/07/2026 ©
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