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lunes, 3 de agosto de 2026

Alicante derriba sus murallas de la ciudad

El presente trabajo tiene como objeto de estudio el impacto que tuvo en el callejero alicantino el liberalismo, que transformó el espacio público en un campo de lucha política y pedagogía nacional, y cuál fue la evolución del uso político del paisaje urbano. Para ello utilizaremos diversas fuentes, desde planos y callejeros hasta las propias actas municipales, con lo que podemos obtener una muestra parcial del callejero en momentos históricos clave.

   La autorización concedida por el Ministerio de la Guerra en 1858 para que Alicante derribara sus murallas permitió a la ciudad pasar de la tradicional ciudad amurallada a la ciudad abierta, aunque el derribo material de las murallas no comenzó hasta 1869.
La transformación física de la ciudad debe ser explicada, entre otros factores, por la teatralidad del poder burgués, que necesitaba representar materialmente su dominio en el espacio público. La visita de Isabel II en mayo de 1858, además de mostrar la nueva conexión que Alicante disfrutaría con Madrid gracias al ferrocarril, reflejó cómo el Paseo de la Reina iba perdiendo importancia como centro de reunión de las élites alicantinas, puesto que allí se producía el contacto con el pueblo llano. En cambio, el teatro era una plasmación perfectamente válida para la burguesía porque cada grupo social debía ocupar un lugar jerarquizado, de ahí que se convirtiera en un reflejo de la sociedad de clases.

Así, no fue casualidad que las barricadas de septiembre de 1868 se levantaran frente al Teatro Principal. Ya el 9 de octubre encontramos disposiciones relativas a las calles, acordándose diversas variaciones de nombre, con las que el Sexenio borraba del callejero a la recién expulsada monarquía. Además, también se atendió a las sugerencias de la Junta Revolucionaria, que acordó «la denominación de Paseo de los Mártires con que el pueblo designó el de la explanada el día del glorioso alzamiento».

Encontramos ocho cambios de nombre de claro contenido político, seis de los cuales se utilizaron para eliminar el recuerdo de la monarquía, incluida la referencia al pintor de cámara de Fernando VII. Interesante es resaltar las diferencias entre la clase política de los años 50 y 60 a través de la diferente aceptación del pintor Aparicio. Se entronizará a Prim, el militar revolucionario y líder del partido progresista, y a Méndez Núñez, pasando por los nombres de Cádiz y Zaragoza, ciudades míticas desde 1814. El simbolismo de sustituir la Plaza de Isabel II por la de la Libertad también es sintomático de los nuevos tiempos. Finalmente, asistimos a la construcción del mito progresista más potente en Alicante hasta la II República, el de los Mártires de la Libertad, al que se dedicó un paseo y un monumento que recordara a los mártires, incluyendo también a los muertos en 1826, 1848 y 1868 por defender la libertad.

La importancia que tenía la nomenclatura de las calles llevó a que se retomara el debate con el advenimiento de la República. En junio de 1873 el regidor Marcili protestó porque no se hubiera procedido a quitar la lápida de la Constitución sustituyéndola por otra que «dijese Plaza de la República Federal». Finalmente, se acordó que la Comisión de Ornato propusiera la variación de nombres de calles «sustituyéndolos con nombres ilustres de la República». Ese trabajo probablemente no llegó a realizarse, puesto que los cambios de la Restauración contemplan únicamente las modificaciones reseñadas.
De esta forma, las ideas republicanas suponían una ruptura con la mentalidad liberal, puesto que no se sentían representadas con el concepto de Constitución tanto como con el de República Federal; de ahí la intención de modificar el paisaje urbano en esa plaza, el punto inicial de las políticas de apropiación del espacio público por parte de los republicanos, como en su día lo fue de los liberales.

En los momentos iniciales de la Restauración encontramos la eliminación de la obra del Sexenio. Así, «a propuesta de la Comisión de Ornato y teniendo en cuenta los grandes inconvenientes que ofrece la variación de los antiguos nombres de las calles, se acordó que la calle de Prim recobre su antiguo nombre de la Princesa, la Plaza de la Libertad el de Isabel II, la Puerta de Alcoy el de la Reyna, y la calle de Alcoy el de la Infanta; respetando el nombre del Paseo de Méndez Núñez por ser el de una gloria patria.

Escudándose en la utilidad de mantener los nombres de las calles, se restauraron la mitad de las modificaciones, en concreto, las referidas a la monarquía. Por otra parte, hay que destacar que la Restauración mantuvo el recuerdo de la Guerra de Independencia (calles Cádiz y Zaragoza) junto con el de Méndez Núñez, útiles desde la perspectiva nacionalizadora. Por otro lado, el Paseo de los Mártires, mito bien arraigado en Alicante, pervivió por haber sido asumido como un referente común por el liberalismo alicantino. La Restauración modificó únicamente los nombres que no podía aceptar bajo ningún concepto.

Buena prueba de ello es que de los 144 nombres reflejados para 1852, únicamente desaparezcan 23, el 15,9% de las denominaciones, en 1881. Ello refleja un consenso liberal burgués, puesto que sólo 6 de las desapariciones eran nombres surgidos del dictamen de la Comisión de Ornato. Así, es evidente que el callejero de 1852 era válido para las élites de 1881, puesto que una parte importante de las desapariciones lo son por necesidad, como ejemplifican las denominaciones relacionadas con las murallas recién derribadas. Cabe destacar cómo la tradicional Plaza del Mar vio cambiado su nombre por el de Plaza de Alfonso XII, de forma que uno de los espacios urbanos más emblemáticos, por su relación espacial con las casas consistoriales, pasó a glorificar a la monarquía restaurada.

Globalmente, Alicante constaba aproximadamente en 1881 de 15 plazas y 166 calles. De éstas, al menos 60 tenían nombres novedosos con respecto a 1852, debiéndose tener en cuenta que 20 eran producto de la aplicación (en 1862) de la R.O. de 24 de febrero de 1860 que sustituía los rótulos en valenciano por otros en castellano, lo que se aprovechó para introducir nuevos nombres de clara índole liberal.
De las 60 vías novedosas, 25 corresponden al recién asimilado barrio de San Antón, que sólo desde 1868 formaba parte de la ciudad de forma oficial. La configuración de sus calles nos muestra una destacada presencia funcional, explicada porque este barrio no sufrió modificaciones en 1852. En cuanto a las calles de tipo cultural, están ligadas al impacto del movimiento romántico en la ciudad.

Un proceso similar se da en el Arrabal Roig, donde encontramos 9 novedades, algunas sólo administrativamente (por ser calles existentes desde 1794 pero no reflejadas a nivel oficial), ya que en la década de 1880 la ciudad en expansión se había fijado en el abandonado barrio y modernizó el nombre de sus calles. Pese a que conserve una importante impronta de nombres funcionales, ya se incluyen entre ellos nombres de tipo político. Así pues, casi el 60% de las novedades del periodo quedan concentradas en estos dos espacios que no habían sufrido la actuación de la Comisión de Ornato en 1852, por lo que los nombres de sus calles fueron actualizados o reconocidos administrativamente en este momento.

En pleno centro urbano surgirán las calles Mártires y Méndez Núñez, frente a los paseos homónimos, mostrando una de las herencias más importantes del Sexenio. Así, el callejero muestra el carácter moderado de la Restauración, pero también la voluntad de conciliar e integrar a cierto progresismo para unirlo a la defensa de la monarquía constitucional. A su vez surgirá una calle dedicada a un ilustre vecino, José María Muñoz (1814-1890), soldado extremeño que destacó por sus obras caritativas en la ciudad. En el Barrio Nuevo sólo surge una nueva denominación, en 1862, dedicada a Golfín, prisionero en el castillo de Santa Bárbara en 1814 y primer gobernador civil tras ser declarada Alicante provincia. Su trayectoria nos explica que, frente a un Muñoz que ocupa una calle en el casco antiguo, Golfín obtenga un espacio en el lugar de privilegio de la ciudad.

Donde había estado la Alameda de San Francisco desde 1834, siguiendo el trazado de la carretera de Madrid, surgieron nuevas calles tras el derribo de las murallas. Las primeras que allí se crearon, en 1862, recibieron los nombres de Ramales, Quiroga y Pasaje de París; junto a una muestra de localismo, Quiroga recuperó una calle y se rememoró la última gran batalla de la guerra carlista. Este espacio quedaba articulado junto con la gran calle de Luchana (otra batalla de la guerra civil) con base en referentes liberales y anticarlistas.

Gracias al plano de 1881 observamos los cinco paseos que la ciudad de Alicante tenía. En los inicios de siglo únicamente existía el Paseo del Enlosado, ante las Casas Consistoriales, pero en la década de los 80 encontramos el Paseo de los Mártires, el Paseo de Méndez Núñez, el Paseo de Quijano, el Paseo del Duque de la Victoria (denominación que desde 1855 y hasta 1895 recibió el antiguo Paseo de Campoamor) y el Paseo de la Libertad. Además, a éstos tenemos que añadir por sus funciones la calle de Luchana, acondicionada como paseo desde 1892.
Pese a la importancia del paseo urbano como manifestación de la sociabilidad burguesa y del ascenso social conseguido, el eje lúdico de la ciudad se fue ligando a la Explanada y demás lugares de recreo próximos al mar; elemento que se vería acentuado con la creación a principios del siglo XX del Paseo de Gomis, a través del cual se accedía a los frecuentados balnearios. Con el advenimiento de la sociedad de masas, la primacía de que habían gozado los paseos como eje de sociabilidad se fue perdiendo, al compás de los teatros de verano, los circos y otras diversiones populares.

En síntesis, el callejero de 1881 refleja el alto grado de consenso que había generado entre las élites alicantinas la situación de 1852. Pero el crecimiento que había desbordado el antiguo perímetro de las murallas nos muestra nuevos nombres, en un momento en que la población había superado los 34.926 habitantes censados en 1877. La mitad de las novedades del momento fueron de carácter político, destacando el mantenimiento residual de las calles de tipología funcional, que ocupan el 23,3% de las nuevas denominaciones. Pese a todo, es sintomático que la mitad de éstas se concentren en el Barrio de San Antón. A su vez, en estos momentos se confirma la falta de atractivo de los nombres religiosos a la hora de rotular las calles, componiendo únicamente el 15% de las novedades.

Por otro lado, es conveniente resaltar la aparición de los nombres de tipo cultural. Hay que distinguirlos de la tipología política, que utiliza la cultura como medio para formar la nación. En cambio, los nombres culturales constituyen un fin en sí mismos, reflejando el gusto romántico de una parte de la sociedad alicantina. Aunque sólo representan el 11,6% de las novedades, es fundamental señalar cómo ello muestra hasta qué punto el callejero fue siendo apropiado por la dinámica del presente.

Si analizamos globalmente el callejero de 1881, encontramos que aproximadamente el 47,4% de sus calles son de índole político, lo que indica que, pese al crecimiento del número de vías de la ciudad, la proporción se mantuvo con respecto a 1852. Las denominaciones religiosas ocupan el 25,6% del espacio urbano, mostrando un descenso aproximado del 5% en importancia cuantitativa. A nivel cualitativo, el descenso es mayor si tenemos en cuenta cómo estas denominaciones son relegadas al casco histórico, y es que, una vez desamortizadas las propiedades de la Iglesia, también se produjo una «desamortización simbólica» del paisaje urbano. Los nombres funcionales representan el 22,9% de las denominaciones de 1881, manteniéndose en proporciones similares a las de 1852. Finalmente, la irrupción de las calles de tipo cultural, aunque ocupe únicamente el 4% de la ciudad, nos muestra la influencia de la discutida generación romántica alicantina y la interrelación del callejero con la sociedad del momento.

El crecimiento urbano de Alicante llevó a que en 1883 se autorizara la edificación del barrio de Benalúa por parte de la Sociedad Anónima de los Diez Amigos, integrada por miembros de la burguesía local bajo la presidencia del Marqués de Benalúa. Éste se ubicaría en la parte occidental del Ensanche siguiendo los criterios higienistas. En este contexto de crecimiento surgiría la convocatoria en enero de 1887 de un concurso para formular el ensanche de la ciudad. En abril de 1893 se aprobaba el proyecto general de González Altés, situado al norte y oeste del casco antiguo, empleando calles ortogonales que delimitaban manzanas cuadrangulares, con base en dos ejes con dirección norte-sur (Luchana) y este-oeste (Alfonso el Sabio).

Sin embargo, este ensanche difirió mucho de la teoría y la práctica de los ensanches, estando relacionado con esa idea únicamente por su morfología ortogonal. Por otra parte, el capital de las clases acomodadas comenzó a invertirse en la mejora de infraestructuras y comunicaciones de la urbe en expansión, que gracias a la especulación se convirtió en un negocio en sí mismo. En 1889 se adoquinaba la calle San Francisco, generalizándose la opinión sobre la necesidad de pavimentar todas las calles.

Este panorama de expansión urbana explica que, frente a los cambios de nombre de 1852, en este caso las nuevas denominaciones sean producto del crecimiento de la ciudad, que contaba en 1910 con 55.300 habitantes. Además, en 1913 podemos valorar ya de forma bastante completa el impacto que la Restauración había tenido en el callejero, ya que el Ensanche permitía nombrar una gran cantidad de nuevas calles, por lo que tuvo una dimensión simbólica, implicando 66 nuevos nombres de vías.

El barrio de Benalúa contuvo 19 de las 66 nuevas denominaciones, mostrando una absoluta primacía de los nombres políticos, 16 en total. Éstos se dedicaron a la exaltación y recuerdo de los componentes de la junta directiva de la Sociedad, convirtiendo el barrio en un vehículo para el lucimiento de sus constructores, que se aseguraron un espacio en el paisaje urbano. También se reservó el espacio privilegiado de la plaza del barrio para el político alicantino Navarro Rodrigo, ministro de Fomento que hizo valer su influencia, ampliando los límites del Ensanche para incluir el barrio de Benalúa en junio de 1887.

Otro sector que aglutinó las novedades del periodo fue la zona del Ensanche, ocupando el 30,3% de las novedades con sus 20 denominaciones. La importancia de estas nuevas calles explica que 19 fueran de tipo político, y sólo 1 fuera dedicada a la exaltación de motivos religiosos (el obispo Castellar). Hay que reseñar la importancia del eje simbólico creado por las calles Serrano, Prim y O'Donnell, que cruzaban a la calle Libertad. El mensaje de las élites era evidente: la libertad estaba asociada a militares monárquicos. El sector al sur de la Avenida de Maisonnave no tenía la misma importancia a nivel urbanístico en sus calles, y por ello se reservó la mayor parte de ese espacio para los hijos de la ciudad. Pese a todo, es significativo que dos figuras políticas locales (Maisonnave y Gadea) reciban grandes avenidas que articularían en un futuro la ciudad.

Pese a que los dos grupos que acabamos de estudiar componen el 60% de las nuevas denominaciones, encontramos otros casos interesantes. En la urbanización del barrio de San Fernando surgen cinco calles y todas son de tipo político, haciendo referencia a la cultura del Siglo de Oro (Calderón de la Barca, Velázquez, Juan de Herrera, Murillo y Padre Mariana), mostrando con ello la diversidad de nomenclaturas en función del interés urbanístico de cada zona.

Al sur de Benalúa surgen tres vías de tipo político (Isabel la Católica, Trajano, Salamanca), destacando la última, futura gran avenida con la que se pagaban los servicios del político que tan importantes apoyos había conseguido para la llegada del ferrocarril a Alicante. Al final de la avenida surgió el Parque de Canalejas, dedicándose un espacio urbano de importancia al político nacional que pasaba por benefactor de la ciudad. En el casco histórico destaca que se sitúe al final del Paseo Méndez Núñez una plaza dedicada a Emilio Castelar, por ser un republicano inserto en el régimen. Por otro lado, resurge el nombre tradicional de Postiguet, perdido en 1852, y que se recuperó tras las obras conducentes a la creación del Paseo de Gomis.

Debemos destacar 7 cambios de nombre que muestran la confluencia entre el uso político tendente a asegurar espacios tradicionales a la monarquía con una nueva modalidad de apropiación del paisaje urbano, en la que los dirigentes de los principales partidos políticos ocupaban en vida un espacio en la ciudad, pese a las restricciones legales al respecto. Estos cambios de nombre nos muestran el mundo político de la Restauración, que invadió con la política del presente el paisaje urbano; proceso particularmente visible en los casos de Canalejas, que recibe una calle, una plaza y un parque por su sólida red clientelar en Alicante, José Gadea, concejal y alcalde en el periodo 1893-1903, Rafael Terol o Sagasta.

La política había cambiado y con ello la utilización de las calles también se transformó. Si las calles habían sido un elemento de construcción nacional, con la consolidación de la Restauración jugaron un nuevo papel, basado en la exaltación de las élites políticas y del sistema existente. Las limitaciones legales al respecto nos muestran hasta qué punto el callejero comenzó a ser utilizado como moneda de cambio para el pago de favores políticos.

Analizando globalmente el callejero de 1913, observamos que sólo 27 de las calles presentes son de tipo funcional, lo que supone el 14,8% del total, una importante caída respecto a 1881; reducción que no podemos desligar del impacto del Ensanche y reformas urbanas como el desmonte de la Montañeta. En cuanto a las calles de tipología religiosa, encontramos 37, lo que representa el 20,3% del total, mostrando una caída reseñable con respecto a 1881. Que plazas emblemáticas como la de San Francisco cambien su nombre en función de la coyuntura política nos muestra que ni las denominaciones religiosas tenían garantizada su existencia si ocupaban espacios urbanos relevantes. Por último, 114 de las 182 calles son de tipo político, lo que nos muestra el final del proceso de afianzamiento de esta tipología. De una representación anecdótica en 1814 al dominio completo del paisaje urbano con un 62,6% de las vías; dominio visible en las novedades del periodo, puesto que el 83,3% fueron políticas.

Únicamente el 9% de las novedades del periodo fueron religiosas, en lo que influyó el peso del progresismo y republicanismo alicantino, y un exiguo 7,5% de calles nuevas recibieron un nombre de tipo funcional. Es revelador que en todas las denominaciones novedosas relacionadas con el Ensanche no aparezca ni una sola denominación funcional, puesto que la denominación funcional había quedado a nivel mental relacionada con las sucias calles del Antiguo Régimen. Por ello, en la ciudad del Ensanche la extinción de los nombres funcionales se vio como una muestra más de progreso.

A su vez, siguió en auge la utilización de las vías urbanas para exaltar el localismo. En 1920 se aprobaba la moción del concejal Llorca tendente a eliminar «los nombres de calles bautizadas por algún vecino sin más pauta que su capricho, huérfanos en la mayoría de casos de ingenio y faltos de lógica» del barrio de Carolinas, quedando patente que los vecinos comenzaban a intervenir en la denominación de sus calles. Las ocho primeras calles son denominadas con motivos locales, y aunque algunos tengan un claro simbolismo político (8 de marzo y los mártires de la libertad, Chapalangarra), la mayoría recuerda a los alicantinos ilustres. Únicamente Antonio de Trueba recuerda una figura literaria nacional, configurando este barrio como un espacio dedicado al localismo.

El panorama trazado nos ha permitido observar el paulatino cambio en la utilización del paisaje urbano, puesto de manifiesto en la diferente concepción del callejero de 1852 frente al de 1913. Así pues, la utilización de la denominación de las calles aparece como un elemento en constante transformación, de forma que los procesos de modernización social ofrecen ejemplos de la variante relación entre el callejero y la sociedad.
Las calles sufrieron el impacto del luto colectivo bélico en 1921, cuando se decidió dar los nombres de siete oficiales alicantinos fallecidos en la guerra africana a las travesías de la carretera de San Vicente junto con la antigua calle subida al castillo de San Fernando. Así se ocupaba el espacio público para conformar opinión, con base en el culto a los caídos entendidos como encarnación del Pueblo.

En la década de los 30 el callejero pasó a ser una de las primeras preocupaciones populares. En 1931 un alicantino se quejaba de la calle escogida para honrar a Salmerón, demandando al Ayuntamiento que se le diera una vía más céntrica, a la par que proponía diversos nombres de republicanos ilustres que merecían una calle. La sociedad de masas y las clases populares tuvieron un importante impacto en el proceso de utilización política del callejero, ya que se estaba decidiendo qué memoria colectiva y qué identidades se deseaba conservar. La democratización también había llegado al callejero, como se podría comprobar durante la II República y la Guerra Civil, momentos en que la implicación popular en la denominación de las calles fue total.

No quisiera concluir sin remarcar que, pese a la fuerza legal de las decisiones del Ayuntamiento y de la Comisión de Ornato, el papel popular en la denominación de las calles tuvo una importancia que desgraciadamente no ha quedado reflejada en la mayoría de las fuentes. Esto es visible en parte gracias a los testimonios contemporáneos, que reflejan las costumbres populares en lo referido a la designación callejera. Los alicantinos siguieron utilizando la nomenclatura funcional de Explanada para el oficial Paseo de los Mártires, como también sucedía con la Plaza de Alfonso XII, conocida popularmente como Plaza del Mar. A su vez, la denominación Paseo del Duque de la Victoria para el Paseo Campoamor tampoco tuvo mucho éxito. En casos menos emblemáticos también se manifestó este fenómeno, de forma que la calle Calatrava se siguió denominando como Balseta, mientras que la calle San Vicente fue bautizada popularmente como de los Árboles; al igual que la de la Vereda, conocida por el nombre del republicano Sol y Ortega. Por último, la ironía popular se mostró en denominaciones como Gran Vía para el pequeño Paseo del Doctor Soler.

En conclusión, y pese a los distintos usos que se pudiera dar al callejero de tipo político, éste pasó de una representación anecdótica cien años atrás al dominio completo y absoluto del paisaje urbano con fines diversos, mostrando uno de los efectos del juego político liberal con mayor importancia a la hora de construir la memoria de nuestra sociedad, como podemos comprobar diariamente.

ENTRADA CONTINUACION DE LA PUBLICACION: El triunfo del liberalismo en Alicante️

PUBLICACION DE: Víctor Sánchez Martín © | BIBLIOGRAFIA | Copyright ©️



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CREDITOS

REDACTOR:  Víctor Sánchez Martín ©

PORTADA: Web - Realizada por GEMINI IA | Copyright ©

TITULO DE PRIMERA PARTE: El Sexenio Democrático | Copyright ©

TITULO DE LA OBRA: El impacto del liberalismo en las calles de Alicante durante el siglo XIX

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PUBLICADO EL:  03/08/2026 ©


Edición digital a partir de Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2008), pp. 189-218


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